Alphonse Daudet y su gran hallazgo literario: Quijote y Sancho en un solo personaje

Tal vez no haya mucho que decir de Louis Marie Alphonse Daudet, nacido en Nimes, Francia, el 13 de mayo de 1840, muerto el 16 de diciembre de 1897 (sífilis), apenas a los 57 años, y sepultado en el cementerio de los gigantes: Père-Lachaise. No mucho: mejor hablan de él sus libros…

Pero de todos modos, conozcamos al hombre que fue, más allá de su obra. Hijo de Vincent y Adeline Daudet, comerciantes en seda, la quiebra del negocio ensombreció su cómoda vida burguesa y lo obligó a ganarse la vida. Primero en Lyon, y luego, con su hermano Ernest, en París y sus luces…

Cierto contacto de peso le consiguió trabajo: secretario privado del Duque de Morny, director del diario Le Figaro, donde cayó en las redes del papel, la tinta, las letras: a los 18 años empezó a escribir. Debut, Las Enamoradas (poemas), y ocho años después, los cuentos de Cartas desde mi Molino, románticos recuerdos de sus días en la Provenza.

Tres hechos lo moldean: casamiento con la escritora Julie Allard, nacimiento de su hijo León, y un año como soldado en la guerra Franco-Prusiana. Primera novela: Poquita Cosa, autobiografía a medias. Su pasado como maestro en el colegio d´Alès.

En adelante toca todas las cuerdas: novela de costumbres, novela histórica, obras teatrales, biografías, crónicas, cuentos para jóvenes… Títulos menos olvidables, Fromont Hijo y Risler Padre, En la Tierra del Dolor, Safo, Mujeres de Artistas, El Nabab. Pero ninguno para entrar en el Parnaso de las letras francesas…, hasta 1872, cuando encuentra su mejor voz. A sus 32 años empieza a escribir la deliciosa novela (acaso no mayor, pero con encanto) Tartarín de Tarascón, que se extenderá hasta ser una trilogía con Tartarín en los Alpes y Port Tarascón.

Su gran hallazgo es el personaje: Tartarín. Y la pequeñez, la mediocridad del escenario. En ese momento, Tarascón era una pequeña comuna en Provenza-Alpes-Costa Azul, que con los años llegaría a gran cabecera en el distrito de Arlés. Y Tartarín, un hombrecito, un pequeño burgués con sueños y fantasías heroicos, pero adormilados por la grisura del lugar y su gente.

Vive en una casa pulcra y común. Paredes blancas, persianas verdes, pequeño jardín al frente. Pero apenas traspuesta esa frontera, otro mundo. En el fondo, un jardín demasiado frondoso –casi impenerable– cuyo regordete dueño se jacta de no tener una sola hoja local: sólo exóticas especies africanas que tiran más a selva que jardín…

Apenas un aperitivo. Porque el visitante cae en una impresionante… Sala de Armas. Paredes cubiertas por carabinas, rifles, sables, trabucos, cuchillos de Córcega, navajas catalanas, espadas de Toledo, krishes malayos, flechas envenenadas, mazos, lazos… Todo limpio y rotulado como remedios en una farmacia.

Esa sala es una de las partes secretas del alma de Tartarín, y se completa en su bibioteca: sólo narraciones de viajes por los mundos más peligrosos, que lee y relee de noche, dormitando, mientras fuma con su gran pipa turca con tapa de cobre…

Quiere ser un aventurero, un navegante, un cazador, un luchador, pero su verdadero yo lo limita hasta el ridículo.

Su única gran aventura, como el socio más admirado del Club de Cazadores de Gorras, es reunirse con los otros socios cada domingo, ir al campo armado y ataviado como un cazador profesional –también los otros–, pero ante la notoria ausencia de animales dignos de caer bajo el fuego de tan temibles personajes, cada uno arroja su gorra al aire, y le dispara hasta que el anochecer los llama a sosiego: abundante cena, vino sin límite, y a la cama cuando el sueño los desploma.

Como es de imaginar, el imbatible vencedor es Tartarín, cuya gorra va la colección de trofeos con más perforaciones que una espumadera. Se rumorea que algunos –¡anatema!– compran en una tienda gorras ya perforadas. Tres veces por semana, las noches de Tartarín lo sacan de una rutina para caer en otra. La cita es en alguna casa vecina, para cantar romanzas acompañadas por el piano. Como es de imaginar, el vozarrón de nuestro héroe es el más alto, más profundo, imposible de igualar.

Pero al terminar la velada, el retorno de Tartarín a su casa –unas pocas cuadras– es realmente novelesco. Armado hasta la coronilla –escopeta de dos caños, cuchillo, revólver, manopla de hierro en los nudillos, avanza sigiloso, pegado a la pared, y vigilando por dónde llegará el ataque. Porque “ellos” nunca descansan.

¿Qiénes son “ellos”, según la vaga denominación tartariana? Los piratas malayos, los tuaregs estranguladores del desierto, los asesinos que acechan en los callejones. Todo lo que ataca, hiere, mata. Por cierto, el único cruce suele ser con Bezuquet, el farmacéutico. Un cruce de corteses saludos. Pero todo habría de cambiar una mañana…

Llega a Tarascón un circo, se entera Tartarín que entre la troupe hay un león del Atlas, y no pierde tiempo. Se cuelga su más mortífera escopeta en el hombro, llena de balas el cinturón, y allá va. El encuentro es memorable, homérico. Tartarín clava sus ojos en la fiera, pero sólo recibe un bostezo. Sin embargo, rodeado de medio Tarascón, dice:

–¡Esta sí que es buena caza!

Daudet remata así la escena: “Por ese día, Tartarín no volvió a hablar. Pero el desdichado había dicho demasiado. Al otro día, el pueblo entero hablaba del próximo viaje de Tartarín al África…, ¡a cazar leones!»

Aquí me detengo. Falta lo mejor. La aventura, en adelante, es del lector.

Pero el hallazgo, el golpe de gracia, la chispa de iluminación de Daudet es haber reunido en su personaje nada menos que a Don Quijote de la Mancha y a Sancho Panza, su escudero. El Quijote que lo tienta a emprender las más colosales y locas batallas contra el Mal, el Sancho de provinciano sentido común que en vano intenta convencerlo de que los gigantes son, apenas, molinos de viento.

Por mala suerte, además, Tartarín no tiene un centímetro ni un gramo del Caballero de la Triste Figura, puro hueso y enjutez. Es gordo, comodón, de piernas cortas… y apetitos burgueses.

Cara y contracara en un solo hombre. Doble personalidad tironeando. Ímpetu volcánico contra modorra envuelta en humo de pipa turca. Aventuras en el terreno del riesgo o en páginas de libros, recostado sobre su cama después de un guiso corpóreo y apetitoso.

Ese es el secreto, el encanto, el resorte que hace de esa novela considerada “menor” por los pavos reales de la crítica, pero que se abre paso a través del gran misterio de la literatura. En ese sentido, Tartarín y su padre no morirán jamás. Simplemente porque no es una novela psicológica, de ruptura, de asombro, de trampas, de alteraciones efectistas. Es, puramente, una historia bien contada, y honesta.

Palabra que no instalo aquí por casualidad. La debo (debemos) a Ernest Hemingway: “Lo único importante de un relato es que sea honesto. Porque si no lo es, el relato merece ir a la basura”.

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